Coautores: Paz Velasco de la Fuente y José Luís Martin Ovejero

 

“Todos ven lo que aparentas, pocos advierten lo que eres”

Nicolás Maquiavelo, El príncipe.

 

 

Una madre que mata a sus hijos es el peor de los crímenes pero… ¿Qué la lleva a matar a sus propios hijos a sangre fría? Cada vez que una madre asesina a un hijo, la sociedad ante la incomprensión de un hecho tan cruel  y desalmado, ante una muerte contra natura perpetrada por la persona que les tiene que proteger y de la cual dependen para sobrevivir, intenta justificar esa conducta bajo el parámetro de la enfermedad mental. Esto es como afirmar que todas las madres (y padres) que matan a sus hijos están “locos” (y por tanto serían inimputables penalmente) y no, esto no es cierto.

 

No es hasta mediados del siglo XIX cuando empiezan a surgir estudios sobre la delincuencia femenina, siendo las teorías biologicistas de Lombroso y Ferrerrero (1895) las que  consideraban a la mujer como inferior al hombre en el marco evolutivo y por ello, con menos capacidad de delinquir, debido a lo cual presentaría una tasa inferior de delitos. Sin embargo le atribuían una mayor crueldad, al identificarla con lo primitivo, y al hecho de que en ella se combinaban las peores características de la mujer (astucia, rencor y falsedad) con aquellas de la criminalidad masculina[2].

 

Es innegable que las mujeres que “matan” impactan socialmente mucho más que los hombres y en gran parte esto se debe al estereotipo femenino aún vigente que se ha impuesto cultural y socialmente desde hace décadas, estereotipo que identifica a la mujer con un ser frágil, sumiso, tierno, cariñoso, sensible considerándolas incapaces de cometer actos que parecen puramente masculinos.

 

Los criminólogos tenemos contrastada la tipología de esta clase de asesinatos pudiendo determinar las siguientes categorías:

 

1.- El neonaticidio (dentro de las 24 horas desde el nacimiento) que deriva del temor de esas madres a ser rechazadas por su familia y por la sociedad o que saben que no disponen de los medios económicos para atender a ese hijo, de modo que suelen ocultar el embarazo a su entorno para posteriormente deshacerse del bebé abandonándolo en la calle o en otro lugar.

 

2.- Filicidio causado por los malos tratos ejercidos sobre sus hijos.

 

3.- Madres desnaturalizadas que obvian el instinto maternal (el más fuerte e intenso que se conoce) pudiendo vender, traficar, explotar o asesinar a sus propios hijos.

 

4.- Muertes a sus hijos provocadas por una enfermedad mental o situación patológica de la madre, como puede ser un episodio psicótico, el síndrome de Medea o el síndrome de Münchausen por poderes.

 

5.- El filicidio altruista (homicidio por compasión) que podemos clasificar en dos tipos: aquel que se asocia al suicidio de la madre que asesina a su hijo en el que alegan un profundo sufrimiento personal que les hace querer acabar con su vida y consideran que no pueden abandonar a sus hijos y dejarlos solos en el mundo, de modo que acaban con la vida del menor antes de suicidarse; y aquellos casos en los que la madre deciden acabar con la vida de su hijo para así aliviar algún tipo del sufrimiento real o imaginado en la víctima (Resnick, 1969).

 

6.- El asesinato de una madre psicópata llevado a cabo por funcionalidad. Este es el caso de Susan Smith, una madre que prefirió el amor romántico al amor filial.

 

A Susan sus dos hijos le estorbaban, ambos eran un obstáculo para cambiar de vida. Estaba tramitando su divorcio pero Susan, de 23 años de edad, ya tenía a otro hombre que ocupaba su corazón. Era un joven muy atractivo y con un atractivo aún mayor para ella: era un alto ejecutivo con una gran fortuna. La historia de amor era perfecta hasta el momento en que su nuevo novio le envió una carta en la que rompía con ella diciéndole que no estaba preparado ni quería asumir la responsabilidad de sus hijos de 3 años y 14 meses de edad. Ante esta situación y la no aceptación de que su historia de amor acabara de forma abrupta por tener dos hijos tomo la decisión de eliminar lo que ella consideró era un inconveniente para así poder seguir disfrutando de su nuevo romance. Al día siguiente, Susan decidió acabar con su vida y la de sus hijos, pero durante el trayecto su instinto de supervivencia, contrario a su instinto maternal, prevaleció.

 

La noche del 25 de octubre de 1994, Susan Smith, acompañada de sus dos hijos Michael de 3 años y Alex de 14 meses, condujo su Mazda rojo hasta el lago John D. Long. Ambos niños dormían en el asiento trasero del coche. Detuvo el coche al borde de la cuesta y echó el freno de mano. Unos segundos después bajó el freno de mano y salto del coche que comenzó a hundirse lentamente en las negras y frías aguas del lago. Una cámara de video que Susan había instalado en la parte trasera del asiento, grabó los últimos minutos de vida de sus dos hijos. Ella, observó impasible como el coche desaparecía mientras escuchaba los gritos de sus hijos llamándola. Tras ello, simuló que sus hijos habían sido secuestrados por un hombre negro y todos los medios de comunicación comenzaron a hablar de su desesperación y de su angustia. Susan despertó el peor miedo de todo padre: el secuestro de sus hijos. Concedió numerosas entrevistas, rogando y suplicando ante las cámaras que por favor, “le devolvieran a sus hijitos”. Aquí podéis ver uno de los videos (minuto 1:48). Susan ofreció uno de los show mediáticos más escalofriantes ante una nación conmovida por su dolor[3]. Pero tal como interpretaba Lupe Victoria (La Lupe) en su canción, todo era  “puro teatro: “Igual que en un escenario, finges tu dolor barato. Tu drama no es necesario […] Fingiendo, que bien te queda el papel. Después de todo parece que esa es tu forma de ser”.  El público fue testigo de una escalofriante mentira elaborada por una madre que no estaba dispuesta a que sus hijos le impidieran seguir con su feliz vida. Utilizó el engaño, las mentiras lo que a mi entender duplica su maldad, ya que elaboró y ensayo una mentira que repitió ante las cámaras una y otra vez, aunque finalmente no logró mantenerla.

 

El vídeo de los hechos conmocionó a todos los presentes en el juicio. La cámara de vídeo que Susan Instaló en el asiento trasero reprodujo con dramática lentitud el horror vivido por esos niños. Cuando el coche llegó al agua permaneció casi dos minutos prácticamente inmóvil en la superficie. Lentamente, el agua comenzó a penetrar por los bajos y alcanzó el parabrisas. El jurado presente en la sala pudo presenciar cómo el agua sucia y helada fue subiendo por los inocentes cuerpos de Michael y Alex hasta que la pantalla se inundó de negro. Fueron cinco minutos y cincuenta y dos segundos interminables. Tres miembros del jurado, la propia Susan y varios espectadores, comenzaron a llorar.

 

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Smith fue condenada en 1995 a cadena perpetua y podrá solicitar su libertad bajo palabra en 2024, con 53 años de edad. Un informe del 2014 del centro penitenciario determina que no ha mostrado arrepentimiento en todos estos años que lleva en prisión. Se muestra manipuladora con las otras reclusas, muestra agudos rasgos de narcisismo y sigue buscando llamar la atención en los medios de comunicación. En julio del 2015 envió a Harrison Cahill, reportero de crímenes del periódico The State Newspaper, una carta. En ella cuenta exactamente que es lo que ocurrió y dice textualmente: “Mr. Cahill, I am not the monster society thinks I am. I am far from it” (No soy el monstruo que la sociedad cree que soy. Estoy lejos de ello). Podéis ver en este enlace[4], el testimonio dado por este periodista.  Según los 22 niveles de la escala de maldad[5] del Doctor Stone, especializado en psiquiatría forense de la Universidad de Columbia que ha dedicado la mayor parte de su vida a estudiar y analizar en detalle comportamientos de todo tipo de asesinos, Susan Smith está en el puesto número 11: asesinos que matan a aquellas personas que les estorban.

 

 

EL GRITO DE SOCORRO DE SUSAN SMITH ¿PARECIÓ TRISTE?

 

Hijos desaparecidos, madres y padres pidiendo ayuda ante las cámaras de televisión para que, entre todos, podamos ayudar a encontrar a las personas que, por naturaleza, más se quiere. Esa llamada de socorro al resto de miembros de “la tribu”, o a día de hoy, gracias a los medios de comunicación, incluso a millones de personas repartidas por todo nuestro planeta, es una reacción instintiva que se remonta a los albores de la humanidad. La solidaridad, sobre todo con el que sufre, nos ha ayudado a sobrevivir.

 

La emoción que debe reflejar una madre pidiendo ayuda por la desaparición de unos hijos. ¿Cuál sería? Sin duda la tristeza. Deberíamos ver tristeza en su rostro. Además de las palabras que en ruedas de prensa o entrevistas decida pronunciar en su llamamiento de socorro, si en verdad son sentidas, en circunstancias normales, tendremos que observar la expresión facial acorde con las palabras. La emoción esperada debe coincidir con la emoción presentada. Espero ver tristeza y veo tristeza. El problema viene cuando no coinciden o no vemos emociones.

 

No olvidemos algo muy importante: las palabras se eligen, se razonan conscientemente y se pronuncian. Pero las emociones en el rostro, cuando son auténticas, son muy difíciles de poderlas aparentar con exactitud y en cada momento preciso. O se siente una emoción o no se siente.

 

¿Y cómo reconocer la tristeza? ¿Qué debemos observar? Suele resultar sorprendente saber, a pesar de que así lo hagamos, que donde más debamos fijarnos sea en la actividad muscular de la frente, y más en concreto la colocación de las cejas, veamos un pequeño dibujo que lo aclara:

 

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En el rostro triste, que es el que más nos interesa vemos que las cejas ascienden por la parte interior de las mismas. Y además, se puede, e insisto que se puede, pues es solo una posibilidad, que los labios desciendan y se coloquen en forma de U invertida, la barbilla se eleve… Pero el detalle más importante es el de las cejas que acabamos de explicar. Este rostro de tristeza es el que deberíamos constatar en una madre que reclama ayuda, sus hijos pueden estar perdidos o lo que sería más terrible, en manos de alguien que puede hacerlos daño.

 

¿Y Susan Smith? ¿Qué vemos en su rostro en las ruedas de prensa o entrevistas?

 

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Resulta muy llamativo y desconcertante que no se advierta esa tristeza, lo que hace que nos encontremos con un supuesto de lo que denominamos “no adecuación del afecto”. Incluso en alguna imagen hasta parecería sonreír, lo que haría que viésemos la emoción contraria a la esperada.

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No menos llamativo es que una madre, cuando se va a poner frente a las cámaras, en ese momento para reclamar la ayuda del mundo en una búsqueda de unos hijos cuya vida podría estar en juego, se preocupe por quitarse las gafas que ya trae puestas hasta ese momento.

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A lo dicho, podríamos añadir los momentos en los que se aprecia a la protagonista secándose unas supuestas lágrimas, pero ¿de un solo ojo?

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Generalmente, la expresión de las emociones en nuestro rostro es en ambos lados de la cara (salvo el desprecio), por lo que llorar por un solo lado también puede hacer desconfiar de la realidad de esas lágrimas.

 

Estas circunstancias deben alertarnos, pues serían unos indicadores que hacen perder credibilidad. Señales a sumar a otras, así como a las investigaciones policiales, que puedan llevar a explicar si verdaderamente esa persona miente, o si carece de tristeza por algún otro motivo desconocido para el analista observador.

 

En el caso que ahora estudiamos, el de Susan Smith, coincidieron, como vemos, varias señales que lanzaban mensajes contradictorios a las palabras pronunciadas y, sobre todo, diferentes a los esperados en una madre que grita socorro.

 

 

BIBLIOGRAFÍA:

  • Yugueros García, A.J. La delincuencia femenina: una revisión teórica. Foro, Nueva época, vol. 16, núm. 2 (2013): 311-316.

WEBGRAFÍA:

[2] Lombroso, C., y Ferrero, G., The Female Offender, London, Fisher Unwin, 1895.

[3] https://www.youtube.com/watch?v=injqWpqAOEg

[4] http://www.thestate.com/news/local/article28050157.html

[5] Los 22 items de esta escala se crearon atendiendo a diferentes factores: ambientales, neurológicos y genéticos. El objetivo era desglosar cada caso para poder determinar la razón por la que una persona puede llegar a cometer algo tan atroz como un asesinato, planteándose preguntas que pueden ayudar a los profesionales a conocer las particularidades de cada uno de los casos de estudio. Exploran si el sujeto tuvo una infancia traumática, cuáles son sus motivaciones para cometer asesinatos, por qué seleccionan a determinadas víctimas, etc.