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La comunicación no verbal de Albert Rivera, como en la mayoría de los políticos, muestra luces y sombras. Veremos a continuación lo que más me ha llamado la atención, siempre desde un punto de vista de esta disciplina y nunca de su ideario político:

TRANSMITE CREDIBILIDAD. Lo que consigue a través de diversos aspectos positivos de su comportamiento, como puede ser su gestualidad, dado que sus manos acompañan adecuadamente el discurso que pronuncia, no manifestando tensión o dudas a través de su imagen externa; la postura que mantiene en todo momento es muy erguida, no se encoge, lo que daría sensación de temor o de huida respecto a ciertas preguntas; no retrocede físicamente ante temas que podrían serle más controvertidos; y la mirada es directa hacia el interlocutor, no se le descubren vistazos descendentes propios del temor o la vergüenza.

FALTA DE ESPONTANEIDAD. Esa mirada que no pierde el contacto y en ningún momento se desvía, como habría sido normal para recordar o para pensar una respuesta, unido a la rapidez de las mismas, dan a entender que tiene el discurso perfectamente aprendido, pudiendo perder en naturalidad. Esto mismo que acabo de comentar también se desprende de su reducida exteriorización de emociones a través de su expresividad facial, algo típico en discursos varias veces repetidos, pues surgen las respuestas de manera automática.

FALACIA DE AUTORIDAD. En cuanto al contenido de sus argumentos, da la impresión de padecer cierta falta de confianza en sus propias ideas o tal vez quiera quitarse la etiqueta de político novato (entendido en el sentido de no haber gobernado), lo que se desprende de que precise en muchas ocasiones acudir a ejemplos de otros países occidentales para dar fuerza a sus propios argumentos, algo así como: “propongo hacer esto, lo cual ya se está haciendo en Francia, o deberíamos hacer tal cosa que es lo mismo que se está haciendo en Europa”, recurso retórico que es conocido como “falacia de autoridad”.

LA CARA AMABLE DE LA POLÍTICA. Como comentaba en un principio, nos hallamos ante alguien con sus luces y sus sombras, ¿y quién no? se me podría decir: cierto. Un joven y buen orador que parece tratar de dar un aire nuevo a la política, pero al que aún acompañan ciertas inseguridades propias de quien, a falta de experiencia de gobierno, se apoya con excesiva asiduidad en las iniciativas de otros de fuera de España que sí han gobernado con ideas parecidas a las suyas. Ahora bien, un rostro cordial, que acompaña a menudo con su sonrisa, pueden abrirle muchas puertas en los hogares de los votantes que decidirán quien es el llamado a gobernar en España.